El mercader.—¿Cómo está considerado este hombre en la ciudad?
Angelo.—Goza de una reputación respetable, de un crédito sin límites; es muy querido; ningún ciudadano de esta ciudad es superior á él: su palabra, cuando él lo quisiera, respondería de toda mi fortuna.
El mercader.—Hablad bajo: creo que es él quien se pasea allí. (Entra Antífolo de Siracusa.)
Angelo.—Sí, es él: y lleva en su cuello esta misma cadena que por perjurio monstruoso ha jurado no haber recibido. Acercaos, señor, voy á hablarle.—(Á Antífolo.) Señor Antífolo, me asombra sobremanera que me hayáis causado esta vergüenza y este embarazo, no sin daño de vuestra propia reputación. ¡Negarme tan decididamente y con juramentos haber recibido esta cadena que lleváis ahora á la vista de todos! Además de la acusación, la vergüenza y el arresto, habéis perjudicado también á este honrado amigo, que á no haber tenido que aguardar el fallo de nuestro debate, se habría dado á la vela, y estaría actualmente en el mar. ¡Habéis recibido esta cadena de mí! ¡Habéis recibido esta cadena de mí! ¿Podéis negarlo?
Antífolo.—Creo que la he recibido de vos; no lo he negado jamás, señor.
Angelo.—¡Oh! lo habéis negado, señor, y aun habéis perjurado.
Antífolo.—¿Quién me ha oído negar y jurar lo contrario?
El mercader.—Yo, á quien conocéis, lo he oído con mis propias orejas. ¡Bah! ¡Miserable! Es una vergüenza que te sea permitido pasearte allí donde concurre la gente honrada.
Antífolo.—Eres un villano en insultarme así. Probaré mi honor y probidad contra vos dentro de un momento, si te atreves á hacerme frente.
El mercader.—Me atrevo, y te desafío como al vil que eres. (Sacan las espadas para batirse. Entran Adriana, Luciana, la cortesana y otros.)