Adriana.—Que Vuestra Alteza se digne oirme: Antífolo, mi esposo, á quien hice dueño de mi persona y de cuanto poseía, conforme á vuestras cartas presentes, ha sido atacado, en este día fatal, por un espantoso acceso de locura. Se ha lanzado furioso á la calle (y con él su esclavo que está loco también) ultrajando á los ciudadanos, entrando por fuerza en sus casas, llevándose sortijas, joyas, todo lo que agradaba á su capricho. He logrado hacerlo atar una vez y conducirlo á mi casa, mientras iba yo á reparar los perjuicios que su furia había causado aquí y allá en la ciudad. Sin embargo, no sé por qué medio ha podido escaparse; se ha desembarazado de los que le custodiaban, seguido de su esclavo, alienado como él; ambos, impulsados por una rabia desenfrenada, con las espadas desnudas, nos han encontrado y han venido á caer sobre nosotros y nos han puesto en fuga hasta que provistas de nuevos refuerzos hemos vuelto para detenerlos; entonces se han escapado á esta abadía, donde les hemos perseguido. Y he aquí que la abadesa nos cierra las puertas y no nos permite buscarle, ni hacerle salir, con el fin de que podamos llevarle. Así, muy noble duque, con vuestra autoridad, ordenad que lo traigan y lo lleven á su casa, para que allí sea auxiliado.

El duque.—Vuestro esposo ha servido ya en mis guerras y os he prometido mi palabra de príncipe, cuando lo admitisteis á compartir vuestro lecho, hacerle todo el bien que podría depender de mí. Id, alguno de vosotros, tocad á las puertas de la abadía y decid á la señora abadesa que venga á hablarme: quiero arreglar esto antes de pasar á otra cosa. (Entra un criado.)

El criado.—¡Oh! ama mía, ama mía, huíd, poneos en salvo! Mi amo y su esclavo se han escapado; han golpeado á las sirvientas una tras otra y amarrado al doctor y quemádole las barbas con tizones encendidos; y á medida que ardían, le han arrojado baldes de fango infecto para apagar el fuego de sus cabellos. Mi amo le exhorta á la paciencia, mientras que su esclavo le trasquila con tijeras como á un loco; y seguramente, si no enviáis socorro al instante, matarán al mágico entre los dos.

Adriana.—Calla; imbécil: tu amo y su criado están aquí; y todo lo que dices, no es más que un cuento.

El criado.—Ama, por mi vida, os digo la verdad. Desde que ví esta escena he corrido casi sin respirar. Grita contra vos, y jura que si puede cogeros, os tostará la cara y os desfigurará. (Se oyen gritos en el interior.) Escuchad, escuchad; ya le oigo; huíd, ama mía, escapaos!

El duque.—(A Adriana.) Venid, poneos junto á mí. No tengáis ningún temor. Guardadla con vuestras alabardas.

Adriana.—(Viendo entrar á Antífolo de Éfeso.) ¡Oh dioses! ¡Es mi esposo! Sed testigos, que reaparece aquí como un espíritu invisible. No hace sino un momento que le hemos visto refugiarse en esta abadía, y hele aquí ahora que llega por otro lado. ¡Esto sobrepuja la inteligencia humana!

(Entran Antífolo y Dromio de Éfeso.)

Antífolo.—¡Justicia, generoso duque! ¡Oh! ¡Aseguradme justicia! En nombre de los servicios que os he hecho en tiempos pasados, cuando os he cubierto con mi cuerpo en el combate y he recibido profundas heridas por salvar vuestra vida; en nombre de la sangre que perdí entonces por vos, acordadme justicia.

Ægeón.—Si el temor de la muerte no me ha trastornado la razón, es á mi hijo Antífolo á quien veo, y á Dromio.