Antífolo.—¡Justicia, buen príncipe, contra esta mujer que véis allí! Ella, á quien me habéis dado vos mismo por esposa, me ha ultrajado y deshonrado, con la más grande y la más cruel afrenta. La injuria que sin pudor me ha hecho hoy, sobrepuja la imaginación.

El duque.—Explicaos y me encontraréis justo.

Antífolo.—Hoy mismo, poderoso duque, ha cerrado para mí las puertas de mi casa, mientras que ella se regalaba allí con bribones infames.

El duque.—Grave falta; responde, mujer: ¿has obrado así?

Adriana.—No, mi digno señor. Yo, él y mi hermana, hemos comido hoy juntos. ¡Que caiga sobre mi alma la acusación, sí no es enteramente falsa!

Luciana.—¡Que jamás vuelva yo á ver la luz del día, ni á reposar en la noche, si ella no dice la pura verdad á Vuestra Alteza!

Angelo.—¡Oh mujer perjura! Una y otra juran en falso. Sobre este punto, el loco las acusa con justicia.

Antífolo.—Mi soberano, sé lo que digo. No estoy perturbado por los vapores del vino, ni extraviado por el desorden de la cólera, aunque las injurias que he recibido bastarían para hacer perder la razón á un hombre más prudente que yo. Esta mujer me ha impedido entrar hoy á mi casa para comer: este platero que véis, si no estuviese de acuerdo con ella, podría atestiguarlo, pues estaba conmigo entonces; me ha dejado para ir á buscar una cadena, prometiendo traérmela al Puerco-Espín, donde Baltasar y yo comimos juntos; terminada nuestra comida y no volviendo él, he ido á buscarle y le he encontrado en la calle en compañía de este caballero. Allí este platero perjuro me ha jurado descaradamente haberme entregado una cadena que ¡lo sabe Dios! no he visto jamás, ¡y por esta causa me ha hecho prender por un sargento! He obedecido y he enviado mi criado á mi casa á buscar algunos ducados. Volvió, pero sin dinero. Entonces rogué cortesmente al oficial que me acompañase él mismo hasta mi casa. En el camino hemos encontrado á mi esposa, su hermana y toda una caterva de viles cómplices; traían con ellos á un tal Pinch, un perdido, de cara flaca y aire de hambriento, un esqueleto descarnado, un charlatán, decidor de buena aventura, escamoteador remendado, un miserable necesitado, de ojos hundidos y mirada maliciosa, una momia ambulante. Este pillo peligroso ha osado hacerse pasar por mágico, mirándome los ojos, tomándome el pulso, despreciándome en mi presencia. Él, que apenas es un ente, ha exclamado que yo estaba loco. En seguida todos han caído sobre mí, me han amarrado, arrastrado y sumergido á mí y á mi criado, atados ambos, en una húmeda y tenebrosa cueva de mi casa. Al fin royendo mis lazos con los dientes, los he roto; he recobrado mi libertad y he corrido en seguida en busca de Vuestra Alteza; conjúrola que me haga dar una satisfacción amplia por estas indignidades y las afrentas inauditas que me han hecho sufrir.

Angelo.—Mi príncipe, en toda verdad, mi testimonio se acuerda con el suyo en que no ha comido en su casa sino que le han cerrado la puerta.

El duque.—¿Pero le habéis entregado ó no la cadena en cuestión?