Angelo.—La ha recibido de mí, Alteza; y cuando corría en esta calle, esta gente ha visto la cadena en su cuello.
El mercader.—Además, yo juraré que con mis propios oídos os he oído confesar que habíais recibido de él la cadena, después de haberlo negado con juramento en la plaza del Mercado. En esta ocasión es cuando saqué la espada contra vos: entonces os escapasteis en esta abadía, de donde creo habéis salido por milagro.
Antífolo.—Jamás he entrado en el recinto de esta abadía; jamás habéis sacado la espada contra mí; jamás he visto la cadena: ¡tomo por testigo al cielo! Y todo lo que me imputáis es mentira.
El duque.—¡Qué acusación tan enredada! Creo que habéis bebido todos en la copa de Circeo. Si hubiera entrado en esta casa, allí estaría aún; si estuviese loco, no defendería su causa con tanta sangre fría. Decís que ha comido en su casa; el platero lo niega. ¿Y tú, tunante, qué dices tú?
Dromio.—Príncipe, ha comido con esta mujer en el Puerco-Espín.
La cortesana.—Sí, mi príncipe, ha cogido de mi dedo esa sortija que le véis.
Antífolo.—Es verdad, mi soberano, es de ella de quien tengo esta sortija.
El duque.—(A la cortesana.) ¿Le habéis visto entrar en esta abadía?
La cortesana.—Tan seguro, mi príncipe, como lo es, que veo á Vuestra Gracia.
El duque.—Es extraño! Id á decir á la abadesa que se presente aquí: creo, verdaderamente, que estáis todos de acuerdo ó completamente locos.