La abadesa.—Muy poderoso duque, he aquí un hombre cruelmente ultrajado. (Todo el mundo se aproxima y se apresura para ver.)
Adriana.—Veo dos maridos, ó mis ojos me engañan.
El duque.—Uno de estos dos hombres es sin duda el genio del otro; y lo mismo sucede con estos dos esclavos. ¿Cuál de los dos es el hombre natural y cuál el espíritu? ¿Quién puede distinguir al uno del otro?
Dromio de Siracusa.—Soy yo, señor, quien soy Dromio; ordenad á ese hombre que se retire.
Dromio de Éfeso.—Soy yo, señor, quien soy Dromio: permitid que me quede.
Antífolo de Siracusa.—¿No eres Ægeón, ó eres su fantasma?
Dromio de Siracusa.—¡Oh mi viejo amo! ¿Quién lo ha cargado aquí con estos lazos?
La abadesa.—Cualquiera que sea el que le ha encadenado, le libertaré de su cadena y ganaré un esposo. Hablad, viejo Ægeón, si sois el hombre que tuvo una esposa, hace tiempo, llamada Emilia, que os dió á la vez dos hermosos niños; ¡oh! ¡si sois el mismo Ægeón, hablad, y hablad á la propia Emilia!
Ægeón.—Si no sueño, eres Emilia; si eres Emilia dime ¿dónde está este hijo que flotaba contigo sobre aquella balsa fatal?