La abadesa.—Él y yo con el gemelo Dromio, fuímos recogidos por habitantes de Epidamno; pero un momento después, pescadores feroces de Corinto les quitaron por fuerza á Dromio y á mi hijo, y me dejaron con los de Epidamno. Lo que fué de ellos después, no puedo decirlo; á mí, la fortuna me ha colocado en el estado en que me véis.

El duque.—He aquí que principia á confirmarse la historia de esta mañana; ¡estos dos Antífolo, estos dos hijos tan parecidos, y estos dos Dromio tan semejantes! He aquí los padres de estos dos niños que la casualidad reune. Antífolo, ¿has venido primero de Corinto?

Antífolo de Siracusa.—No, príncipe; yo no: vine de Siracusa.

El duque.—Vamos, teneos separados; no puedo distinguiros uno de otro.

Antífolo de Éfeso.—Vine de Corinto, mi bondadoso señor.

Dromio de Éfeso.—Y yo con él.

Antífolo de Éfeso.—Conducido a esta ciudad por vuestro tío, el duque Menafón, guerrero tan famoso.

Adriana.—¿Cuál de los dos ha comido conmigo hoy?

Antífolo de Siracusa.—Yo, mi bella dama.

Adriana.—¿Y no sois vos mi esposo?