Bruto.—Así lo hago. Buena Porcia, id á vuestra cama.
Porcia.—¿Bruto está enfermo? ¿Y es medicinal pasearse descubierto y absorber las emanaciones de la húmeda mañana? ¡Qué! ¿Está enfermo Bruto, y abandona su saludable lecho para afrontar los miasmas de la noche, exponerse al aire vaporoso é impuro, y agravar su enfermedad? No, Bruto mío. Es en vuestra alma donde hay alguna amarga dolencia, y yo por el derecho y virtud de mi puesto debo conocerla. Y os imploro de rodillas, en nombre de la belleza que algún día se elogiaba en mí; en nombre de vuestras protestas de amor y de aquel gran juramento que nos reunió haciendo de ambos uno solo; os imploro para que descubráis ante mí, pues soy vuestra mitad, pues soy vos mismo, el por qué estáis tan adusto; y qué hombres se han dirigido á vos esta noche, puesto que había seis ó siete de ellos que ocultaban sus rostros aun en medio de la oscuridad.
Bruto.—No os arrodilleis, gentil Porcia.
Porcia.—No lo necesitaría si Bruto fuera afable.—Decidme, Bruto: Dentro del vínculo del matrimonio ¿es de esperar que yo ignore secretos que os pertenecen? ¿Ó no soy parte de vos mismo sino de una manera limitada; sólo para acompañaros á la mesa, confortar vuestro lecho, y hablaros de vez en cuando? ¿No hay sitio para mí sino en los confines de vuestra condescendencia? Si no es más que esto, Porcia es la manceba de Bruto, no su esposa.
Bruto.—Sois mi verdadera y honorable esposa, tan querida para mí como las gotas de sangre que afluyen á mi triste corazón.
Porcia.—Si esto fuera verdad, sabría yo entonces este secreto. Mujer soy, es cierto; pero mujer á quien Bruto tomó por esposa. Soy mujer, es cierto; pero mujer bien conocida: hija de un Catón. ¿Pensáis que no seré más fuerte que mi sexo, teniendo tal padre y tal esposo? Decidme vuestros designios: no los revelaré. Harta prueba he dado de mi constancia, haciéndome voluntariamente una herida aquí en el muslo. ¿Puedo sobrellevar esto con paciencia, y no los secretos de mi esposo?
Bruto.—¡Oh dioses! ¡Hacedme digno de esta noble esposa! (Se oye golpear adentro.) Escucha, escucha; alguien llama. Retírate, Porcia, por un rato, y pronto compartirá mi corazón con el tuyo sus secretos. Te explicaré mis compromisos y todo el significado de mi tristeza. Vete aprisa. (Sale Porcia.—Entran Lucio y Ligario.)—Lucio: ¿quién llama?
Lucio.—Hay aquí un hombre enfermo que desea hablaros.
Bruto.—(Aparte.) Es Cayo Ligario, de quien habló Metelio. Muchacho, apártate. (Sale Lucio.) Cayo Ligario?
Ligario.—Recibid el saludo matinal de una lengua débil.