Bruto.—¡Oh! ¡Qué tiempo habéis escogido, valeroso Ligario, para llevar pañuelo!—¡Cuánto desearía que no estuviéseis enfermo!

Ligario.—No estoy enfermo, si Bruto tiene en mano alguna proeza digna del nombre del honor.

Bruto.—La tengo, Ligario, si queréis oirla con sana disposición.

Ligario.—¡Por todos los dioses ante quienes se inclinan los romanos, aquí olvido mi dolencia! ¡Alma de Roma! ¡Valeroso hijo, nacido de dignos progenitores! Tú, como los exorcistas, has conjurado mi pesaroso espíritu. Pídeme ahora que éntre en acción, y procuraré lo imposible: más; lo venceré. ¿Qué debo hacer?

Bruto.—Una faena que tornará en hombres sanos á los enfermos.

Ligario.—Pero ¿no hay algunos sanos á quienes debemos tornar enfermos?

Bruto.—También tendremos que hacerlo. Os revelaré esto, Cayo mío, mientras vamos hacia aquel en quien se deba realizar.

Ligario.—Avanzad audazmente; que yo con el corazón de nuevo inflamado, os seguiré para hacer no sé qué; pero me basta estar guiado por Bruto.

Bruto.—Entonces, seguidme.

(Salen.)