Aprisa.—Seremos exterminados todos. Corred allí, buen joven, meteos en ese armario. (Encierra á Simple en el armario.) No permanecerá mucho rato. ¡Hola! Juan Rugbi. Juan, digo! ¡Ea, Juan! Vé á averiguar del señor. Temo que haya enfermado, pues no le veo venir á casa.
(Canta.)
Y abajo, abajo, abajo.
(Entra el doctor Caius.)
Caius.—¿Qué cantáis ahí? No me gustan estos pasatiempos. Id y traed de mi armario un boitier vert, una caja, una caja verde. ¿Oís lo que digo? Una caja verde.
Aprisa.—Sí, ciertamente, os la traeré. (Aparte.) Me alegro de que no se le ocurriera ir en persona. Á haber encontrado al joven, se habría puesto loco de ira.
Caius.—Uf! Á fe mía que hace demasiado calor. ¡Me voy á la corte. El gran negocio!
Caius.—Sí: ponedla en mi bolsillo. Despachad pronto. ¿Dónde está el bellaco Rugbi?
Aprisa.—¡Hola! Juan Rugbi! Juan!