ACTO II.
ESCENA I.
Delante de la casa de Page.
Entra la señora PAGE con una carta.
SEÑORA PAGE.
ómo! ¿En los alegres días de mi belleza habré escapado á las cartas de amor, y me veré ahora expuesta á ellas? Veamos:—«No me preguntéis por qué os amo, pues aunque el amor toma á la razón por su médico, jamás lo ha tomado por consejero. Ya no estáis en la primavera de la juventud ni yo tampoco, y he ahí un motivo de simpatía. Sois alegre y también lo soy. Pues más simpatía por ello. Gustáis del jerez seco y yo también. ¿Quisiérais mayores causas de simpatía? Sea suficiente para ti (si al menos el amor de un soldado puede ser suficiente) el saber que te amo. No diré compadécete de mí, porque no es frase que cuadre bien á un soldado. Pero diré «ámame.»
»Tu caballero leal
que irá á combate mortal
por tu amor,
y que con luz ó sin luz
se hará romper el testuz
por tu favor,
Juan Falstaff.»
¿Qué Herodes de Judea es este? ¡Oh mundo bellaco, pícaro mundo! Echarla de joven y galante quien se está desmoronando de puro viejo! ¿Qué acto inmeditado ha podido sorprender en mi conversación y trato, este flamenco borracho, que así se atreve á emprender conmigo? Pues si apenas ha estado tres veces en mi sociedad! ¿Qué decirle? Entonces me contenía para no reirme, ¡Dios me perdone! Presentaré una moción, para que llevada al Parlamento sirva de freno á los hombres. ¿Cómo haré para vengarme? Porque de vengarme tengo, tan cierto como que él tiene de budín las entrañas.
(Entra la Sra. Ford.)