Sra. Ford.—¡Señora Page! Creedme que iba á vuestra casa.
Sra. Page.—Y yo os aseguro que me dirigía á la vuestra. Tenéis el aire de estar sufriendo mucho.
Sra. Ford.—No por cierto, no lo creeré nunca. Tengo algo que mostrar en prueba de lo contrario.
Sra. Page.—Pues á fe mía, que para mi modo de ver parecéis muy enferma.
Sra. Ford.—Bueno: que sea como decís. Pero dije que puedo mostrar algo para probar lo contrario. ¡Oh señora Page; aconsejadme!
Sra. Page.—¿De qué se trata, mujer?
Sra. Ford.—¡Oh mujer! ¡Á qué alto honor podría yo llegar, si no fuera por un frívolo escrúpulo de respeto!
Sra. Page.—Pues vaya enhoramala el escrúpulo y echad mano de ese honor. Bagatelas á un lado. ¿Qué cosa es?
Sra. Ford.—Podría entrar en la orden de la caballería, con sólo consentir en irme á los infiernos por una eternidad, ó una friolera semejante.