Ford.—Sí, y tan ociosa, por falta de compañía, que no sé cómo no se le caen los cuartos. Se me figura que, si muriesen vuestros maridos, os casaríais las dos.
Sra. Page.—De seguro; con otros dos maridos.
Ford.—¿Dónde hubisteis este bonito gallo de campanario?
Sra. Page.—Por nada puedo acordarme del nombre del sujeto de quien lo tuvo mi esposo. Muchacho ¿cómo se llama tu señor?
Robin.—El señor Juan Falstaff.
Ford.—¡El señor Juan Falstaff!
Sra. Page.—El mismo. Nunca puedo dar con su nombre. Hay tanta intimidad entre mi buen hombre y él! ¿Es seguro que vuestra esposa está en casa?
Ford.—Seguro que está allí.
Sra. Page.—Con vuestro permiso. Estoy impaciente por verla.