Falstaff.—Señora Ford, no puedo lisonjear, no puedo charlar, señora Ford. Ahora mi deseo es pecaminoso: quisiera que estuviese muerto vuestro marido. En presencia del más encumbrado lord lo diría: te haría mi esposa.

Sra. Ford.—¡Yo, esposa vuestra, sir Juan! Sería una muy pobre esposa para vos.

Falstaff.—No la hay igual en toda la corte de Francia! Veo cómo tu mirada rivaliza con el brillo del diamante; tienes en las cejas el arco armonioso que corresponde á un modelo veneciano ricamente adornado.

Sra. Ford.—Un modesto pañuelo es todo lo que puede venirles bien. Y aun eso, lo dudo.

Falstaff.—Es una traición lo que te haces hablando así. Harías en todo rigor una excelente dama de corte; y tu paso firme y elástico, daría á tu talle la más seductora oscilación bajo los semicírculos de la crinolina. Bien veo lo que serías si no te fuera adversa la fortuna; pero la naturaleza te ha favorecido, y esto no puedes ocultarlo.

Sra. Ford.—Creedme, no tengo tales atractivos.

Falstaff.—¿Pues por qué te he amado? Esto solo basta para convencerte de que hay en ti algo de extraordinario. Vamos, yo no puedo adular y decir que eres esto y aquello, como tantos de esos remilgados pisaverdes que se presentan como mujeres disfrazadas de hombre y perfumados de piés á cabeza. No, no puedo hacerlo, pero te amo, á ti, á ti sola, y lo mereces.

Sra. Ford.—Pero no me traicionéis. Mucho me temo que amáis á la Sra. Page.

Falstaff.—Tanto valdría que dijeras que me gusta ir á parar á la cárcel; cosa que me halaga tanto como el vapor de cal viva.

Sra. Ford.—Bueno. El cielo sabe cuánto os amo, y algún día os convenceréis de ello.