Falstaff.—No varíes de pensamiento, que yo mereceré tu amor.
Sra. Ford.—Nunca, debo decíroslo, si no variáis vos mismo; pues entonces no podría pensar del mismo modo.
Robin.—(Adentro.) ¡Señora Ford! ¡Señora Ford! La señora Page está á la puerta, toda sudando y jadeando y con la cara despavorida, y dice que tiene que hablaros inmediatamente.
Falstaff.—Es necesario que no me vea. Me ocultaré aquí detrás de este tapiz.
Sra. Ford.—Hacedlo. Es una mujer muy chismosa. (Falstaff se oculta.—Entran la señora Page y Robin.) ¿Qué ocurre? ¿Qué hay de nuevo?
Sra. Page.—¡Oh señora Ford! ¿Qué habéis hecho? Estáis cubierta de afrenta, estáis arruinada, estáis perdida para siempre!
Sra. Ford—Pero ¿qué acontece, buena señora Page?
Sra. Page.—¡Pues no es nada, señora Ford! Teniendo por marido á un hombre honrado, darle semejante motivo de sospecha!
Sra. Ford—¿Qué motivo de sospecha?
Sra. Page.—¿Qué motivo de sospecha? ¡Vergüenza para vos! ¿Cómo he podido equivocarme sobre vos?