Porcia.—¿Tienes algún lugar en el séquito de César? ¿No es así?

Adivino.—Le tengo, señora; y si César quiere ser tan bueno para César, que me preste oído, le suplicaré que vele por sí propio.

Porcia.—¡Qué! ¿Sabes acaso que se intente hacerle algún mal?

Adivino.—Ninguno, que yo sepa; pero alguno muy grande que temo podría acontecerle. Aquí la calle es angosta y la muchedumbre de senadores, pretores y secuaces comunes que se agrupan tras de los pasos de César, oprimirán á un hombre débil, quizás hasta ahogarlo. Me iré á un sitio más despejado, y desde allí hablaré al gran César cuando pase.

Porcia.—Debo retirarme. ¡Ay de mí! ¡Qué débil cosa es el corazón de la mujer! ¡Oh Bruto! ¡Los cielos te amparen en tu empresa! Sin duda el muchacho me oyó decir: «Bruto tiene un séquito que no puede agradar á César.» ¡Oh, siento que me desmayo! Corre, Lucio, y hazme presente á mi señor: dile que estoy alegre, y vuelve pronto, y repíteme lo que te habrá dicho.

(Salen.)

ACTO III.