Falstaff.—¿Acaso he puesto mi cerebro á secarse al sol, que no veo cómo evitar un exceso tan grosero como este? ¿También tengo que sufrir á este cabrón galo? ¿Habré de tener una coronilla de rizos? Ya es tiempo de que me atorase con un pedazo de queso tostado.

Evans.—No es bueno poner mantequilla al queso, y vuestro abdomen es todo mantequilla.

Falstaff.—¡Queso y mantequilla! ¿Y se ha de burlar de mí hasta este que hace trizas el idioma? Bastaría esto para que se acabaran en todo el reino las malas tentaciones y los paseos á media noche!

Sra. Page.—Pero ¡qué! sir Juan: ¿pensáis que aun cuando hubiésemos arrojado de nuestros corazones toda virtud y nos hubiésemos entregado en cuerpo y alma al infierno, habría podido el diablo hacer que nos deleitáramos en vos?

Ford.—¿En un budín? ¿En un saco de linaza?

Sra. Page.—¿En un hombre inflado?

Page.—Viejo, frío, ajado, y de entrañas intolerables.

Ford.—Y tan maldiciente como Satanás.

Page.—Y tan pobre como Job.

Ford.—Y tan depravado como su mujer.