Sra. Page.—Vamos; os ruego no llevar la broma más lejos. Y ahora, buen sir Juan, ¿qué tal os gustan las esposas de Windsor? ¿Véis, esposo mío? ¿No sientan mejor estas hermosas astas al bosque que á la ciudad?

Ford.—Y bien, señor mío: ¿quién es ahora el cornudo, el bribón cornudo? He aquí sus cuernos, señor Brook; y no ha gozado cosa alguna de Ford, señor Brook, excepto su canasto de la ropa sucia, su bastón, y veinte libras en dinero, que tendrá que pagar al señor Brook, por cuanto, señor Brook, se le han embargado los caballos con ese objeto.

Sra. Ford.—Mala suerte hemos tenido, señor Juan; nunca pudimos gozar una cita. No volveré á tomaros por mi galán, siervo de mis antojos; pero sí os contaré siempre como á mi ciervo.

Falstaff.—Principio á comprender que me han hecho hacer el papel de asno.

Ford.—Y además el de buey. Las pruebas de uno y otro están á la vista.

Falstaff.—¿Y estos no son hadas? Tres ó cuatro veces me asaltó la idea de que no eran hadas; y sin embargo, la culpabilidad de mi intento, la súbita sorpresa de mis facultades, convirtió la tosquedad de la ficción en natural creencia de que á despecho de todo ritmo y razón eran hadas. He aquí, pues, de qué modo puede degenerar el ingenio en estupidez, cuando se encamina á un mal propósito.

Evans.—Servid á Dios, sir Juan, y dejad vuestros malos deseos, y las hadas no os atormentarán.

Ford.—Bien dicho, duende Hugh.

Evans.—Y dejad vos también vuestros celos, os lo suplico.

Ford.—Jamás volveré á desconfiar de mi esposa, hasta que podáis galantearla en lenguaje correcto.