Bruto.—Apartaos. No sois Casio.

Casio.—Casio soy.

Bruto.—Digo que no.

Casio.—Conteneos ó lo olvidaré todo. Mirad por vos mismo. No me tentéis más.

Bruto.—¡Fuera! ¡Pobre diablo!

Casio.—¿Es posible esto?

Bruto.—Oíd, porque tengo que hablar. ¿Debo yo ceder y abrir campo á vuestra temeraria cólera? ¿Me asustaré de que me mire un loco?

Casio.—¡Oh dioses! ¡Oh dioses! ¿Y debo soportar todo esto?

Bruto.—¿Todo esto? Sí, y más. Enfureceos hasta que estalle vuestro orgulloso corazón. Id, mostrad á vuestros esclavos cuán iracundo sois, y que tiemblen vuestros siervos. ¿He de alterarme? ¿He de guardaros consideración? ¿He de humillarme ante vuestro mal humor? ¡Por los dioses! que habéis de digerir el veneno de vuestro fastidio, aunque os haga reventar; porque de hoy en adelante haré de vos mi diversión, sí, mi hazme-reir, cuando estéis rabioso.

Casio.—¿Y á esto hemos llegado?