Bruto.—Ya habéis hecho algo que os debería pesar. Nada hay, Casio, en vuestras amenazas, que pueda inquietarme; porque estoy tan poderosamente armado de honradez, que pasan junto á mí como el aire juguetón del que no puedo hacer caso. Envié á pediros ciertas sumas de oro, que habéis rehusado; porque yo no sé levantar dinero por medios viles, y antes de arrancar por fraude de las endurecidas manos de los campesinos su mezquina ganancia ¡por los cielos! ¡preferiría hacer acuñar mi corazón y destilar mi sangre por dracmas! Envié donde vos por oro para pagar mis legiones, y lo negasteis. ¿Fué ese proceder digno de Casio? ¿Habría yo respondido así á Cayo Casio? Cuando Marco-Bruto llegue á ser tan avaro que encierre de sus amigos esas miserables monedas, ¡aprontad, oh dioses, todos vuestros rayos para despedazarle!
Casio.—No os negué!
Bruto.—Negasteis.
Casio.—No negué. El que os trajo mi respuesta fué un imbécil. Bruto ha desgarrado mi corazón. Un amigo debería soportar los defectos de sus amigos; pero Bruto exagera los míos.
Bruto.—No lo hago, sino cuando me hacéis sufrir por ellos.
Casio.—No me tenéis afecto.
Bruto.—No me gustan vuestras faltas.
Casio.—El ojo de un amigo nunca podría ver tales faltas.
Bruto.—No las vería un adulador, aunque son tan grandes como el monte Olimpo.
Casio.—¡Venid, Antonio y joven Octavio, venid y vengaos sólo de Casio! Porque Casio está cansado del mundo; odiado por aquel á quien ama; retado por su hermano; oprimido como un siervo; observadas todas sus faltas y anotadas en el libro y divulgadas y aprendidas de memoria para arrojárselas al rostro. ¡Oh! ¡Podría llorar el alma por los ojos! Aquí está mi puñal: he aquí mi pecho desnudo. Dentro hay un corazón más valioso que la mina de Pluto, más rico que el oro. Si es verdad que eres un romano, tómale. Yo que te he negado oro, te entrego mi corazón. Hiere como hiciste con César; yo sé que cuando más lo aborreciste, lo amabas aún más que lo que nunca amaste á Casio.