Bruto.—Impaciente por mi ausencia, y pesarosa de que el joven Octavio y Marco Antonio se hayan hecho tan fuertes (pues con su muerte llegó esa nueva), perdió la razon, y en ausencia de sus servidores, tragó fuego.

Casio.—¿Y murió así?

Bruto.—Así.

Casio.—¡Oh dioses inmortales!

(Entra Lucio con vino y bujías.)

Bruto.—No hableis más de ella. Dadme una taza de vino. En esto sepulto todo resentimiento, Casio. (Bebe.)

Casio.—Sediento está mi corazon de esa noble promesa. Llena, Lucio, llena hasta que se derrame la taza. Nunca beberé demasiado del afecto de Bruto. (Bebe.)

(Vuelven á entrar Ticinio y Messala.)

Bruto.—Entrad, Ticinio. Bienvenido, buen Messala. Sentémonos ahora bien junto á esta luz y examinemos nuestras necesidades.

Casio.—¡Porcia! ¿Y eres ida?