Lucio.—He dormido ya, mi señor.
Bruto.—Has hecho bien; y volverás á dormir. No te retendré mucho rato. Si vivo, seré bueno para ti. (Música y un canto.)—Es un tono soñoliento. ¡Maldito
El espectro de César.
sueño! ¿Has dejado caer tu maza de plomo sobre mí, muchacho, que así hace música para ti? Buenas noches, gentil siervo. No te haré el daño de despertarte. Si cabeceas romperás tu instrumento. Te lo tomaré, y, buen muchacho, buenas noches. Vamos. ¿No está doblada la hoja donde dejé la lectura?—Paréceme que es esta. (Se sienta.—Entra el espectro de César.) ¡Qué mal arde esta bujía! ¡Ah! ¿Quién viene aquí? Pienso que la debilidad de mis ojos da forma á esta monstruosa aparición. Viene hacia mí. ¿Eres algo? ¿Eres algún dios, ángel ó demonio, que haces helarse mi sangre y erizarse mis cabellos? Dime lo que eres.
Espectro.—Tu mal genio, Bruto.
Bruto.—¿Por qué vienes?
Espectro.—Á decirte que me verás en Filipi.
Bruto.—Bien. ¿Entonces he de verte otra vez?