Bruto.—Os ruego, señores, acostaros en mi tienda y dormir. Acaso os despierte más tarde para asuntos con mi hermano Casio.
Varro.—Con vuestro permiso quedaremos en pié esperando vuestras órdenes.
Bruto.—No lo consentiré. Acostaos, buenos señores. Quizás podré variar de pensamiento. Mira, Lucio, aquí está el libro que busqué tanto. Le puse en el bolsillo de la túnica.
(Se acuestan los sirvientes.)
Lucio.—Estaba seguro de que su señoría no me lo había dado.
Bruto.—Ten paciencia conmigo, buen muchacho; soy muy olvidadizo. ¿Quieres abrir por un rato tus ojos soñolientos y tocar uno ó dos trozos en tu instrumento?
Lucio.—Sí, mi señor, si os place.
Bruto.—Me place, muchacho. Te fatigo demasiado, pero tienes buena voluntad.
Lucio.—Es mi deber, señor.
Bruto.—Yo no exigiría tu deber más allá de tus fuerzas. Sé que las sangres jóvenes anhelan la hora del descanso.