Bruto.—No lo quisiera, Casio. Y, sin embargo, le amo bastante. Pero, ¿á qué me detenéis aquí tanto tiempo? ¿Qué es lo que deseáis comunicarme? Si es para el bien general, aunque pusiérais en un ojo los honores y en el otro la muerte, sería tan indiferente á los unos como á la otra. Porque, así me amparen los dioses, como es verdad que amo el nombre del honor más que temo la muerte.

Casio.—Conozco en vos esa virtud interna, Bruto, como conozco vuestra fisonomía exterior. Pues bien: el honor es el tema de mi relato. No sabría decir lo que vos y otros pensáis de esta vida; pero por lo que á mí toca, á mí solo, preferiría no vivir á vivir en el terror de aquello que es igual á mí. Nací libre, como César; y así nacísteis también. Ambos hemos sido igualmente bien alimentados, y podemos resistir tan bien como él los rigores del invierno. En cierta ocasión, en un día desapacible y borrascoso, cuando el Tíber agitado rompía contra sus márgenes, me dijo César: «¿Te atreverías, Casio, á arrojarte ahora conmigo en estas aguas furiosas, y nadar hasta aquel punto allá arriba?» Apenas lo hubo dicho cuando, equipado como me hallaba, me arrojé al agua y le invité á seguirme, lo cual ciertamente hizo. Rugía el torrente, y luchamos contra él hendiéndole con vigoroso esfuerzo y avanzando con corazones inflamados por la emulación; pero antes de llegar al término, clamó César: «Auxíliame, Casio, ó me sumerjo.» Yo, como nuestro grande antepasado Eneas, que llevó sobre sus hombros al viejo Anquises para salvarlo de las llamas de Troya, llevé al fatigado César salvándolo de las aguas del Tíber. ¡Y este hombre ha llegado ahora á ser un dios! Y Casio es un miserable que se ha de encorvar humildemente si César se digna enviarle siquiera un negligente saludo! En Iberia tuvo una fiebre, y observé cómo temblaba durante el acceso. Sus cobardes labios palidecieron, y esos mismos ojos cuyo ceño intimida hoy al mundo, perdieron su brillo. Le oía gemir, sí; y esa su lengua que invitó á los romanos á distinguirlo y escribir en los libros sus discursos, ¡oh mengua! clamaba como una niña enferma: «¡Dame algo que beber, Ticinio!» ¡Por los dioses! que me confunde el ver á hombre de tan cuitado carácter ir á la cabeza del majestuoso mundo, y llevar la palma él solo. (Aclamación.)

Bruto.—¡Otra aclamación general! Creo que estos aplausos son por algunos nuevos honores prodigados á César.

Casio.—¡Pero, hombre! Él se pasea por el estrecho mundo, como un coloso. Y nosotros, turba mezquina, caminamos bajo sus piernas de gigante, y atisbamos por todos lados para ver de encontrar para nosotros una tumba sin honra. Alguna vez los hombres son dueños de sus destinos. La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos, si consentimos en ser inferiores. Bruto y César. ¿Qué habría en ese César? ¿Por qué habría de ser ese nombre más ruidoso que el vuestro? Escribidlos juntos: tampoco es menos vuestro nombre, no es menos simétrico. Pronunciadlos: fácil á la boca. Pesadlos: no pesa menos. Conjurad con ellos: Bruto conmoverá un espíritu tan pronto como César. Y ahora, por todos los dioses juntos, ¿de qué vianda se alimenta este nuestro César para haber llegado á ser tan grande? ¡Vergüenza para nuestra época! Has perdido ¡oh Roma! la prole de las sangres nobles! ¿Cuándo pasó edad alguna desde el gran diluvio sin que fuese famosa por más de un hombre? ¿Cuándo pudieron decir antes de ahora los que de Roma hablaban, que sus vastos muros no contenían sino un hombre? Y existe ahora en verdad Roma y sobra espacio cuando no hay en ella más que un solo hombre. ¡Oh! Vos y yo hemos oído decir á nuestros padres que existió una vez un Bruto que habría sobrellevado en paciencia al mismo eterno demonio, para mantener su rango en Roma, con tanta facilidad como un rey.

Bruto.—De vuestro afecto no abrigo inquietud. De lo que me induciríais á hacer, no me falta alguna aspiración. Más tarde os diré cómo he pensado en ello y en las cosas de estos tiempos; mas no deseo hacerlo por ahora. Os ruego afectuosamente que no queráis hacerme ir más lejos. Prestaré atención á lo que habéis dicho; escucharé con paciencia lo que tenéis que decir, y hallaré momento oportuno para oir y responder acerca de tan altos propósitos. Hasta entonces, noble amigo mío, meditad en esto: Bruto preferiría ser un aldeano á reputarse hijo de Roma en las duras condiciones que estos tiempos parecen imponernos. (Vuelven á entrar César y su séquito.) Han terminado los juegos y César está de vuelta.

Casio.—Cuando pase el cortejo, tirad á Casca por la manga, y él os dirá con su brusca manera cuánto hoy ha ocurrido digno de nota.

Bruto.—Así lo haré; pero, Casio, mira. La cólera centellea en el ceño de César, y los demás parecen un séquito consternado. Las mejillas de Calfurnia han palidecido; y Cicerón deja ver en sus ojos el mismo fuego intenso que les hemos visto en el Capitolio cuando le contrariaban algunos senadores.

Casio.—Casca nos dirá lo que acontece.

César.—¿Antonio?

Antonio.—César.