Bruto.—No soy aficionado á juegos. Me falta algo de ese vivaz espíritu que hay en Antonio. Pero no sea yo estorbo á vuestros deseos: me alejaré.
Casio.—De poco tiempo acá pongo empeño en observaros, Bruto. No encuentro en vuestros ojos aquella suavidad, aquella afectuosa expresión con que yo debía contar. Os mostráis demasiado rígido y extraño para con este amigo que os ama.
Bruto.—Casio, no os engañéis. Si mi aspecto se ha hecho sombrío, su turbación sólo se refiere á mí mismo. Desde hace poco estoy atormentado por pasiones un tanto desacordes; concepciones que no conciernen sino á mí propio, y que tal vez dan algún campo á mi proceder. No por esto se aflijan mis buenos amigos (de cuyo número sed uno, Casio), ni dén á mi negligencia otra interpretación que la de estar el pobre Bruto en lucha consigo mismo, olvidando así el dar muestras de afecto á los demás hombres.
Casio.—Pues, Bruto, he equivocado mucho vuestra pasión; y por esto había yo atesorado en este mi pecho, aspiraciones de alto valor, dignas de ser meditadas. Decidme, buen Bruto, ¿podéis mirar vuestro rostro?
Bruto.—No, Casio, porque el ojo no se ve á sí propio sino por reflejo, por algunos otros objetos.
Casio.—Es exacto. Y deplórase mucho que no tengáis, Bruto, espejos que os pongan á la vista vuestra oculta valía, para que podáis mirar vuestra sombra. Allí donde se respetan en Roma á muchos de los mejores (excepto el inmortal César), he oído hablar de Bruto, y gimiendo bajo el yugo de esta época, anhelar porque el noble Bruto abriera los ojos.
Bruto.—¿Á qué peligros querríais arrastrarme, Casio, haciéndome buscar en mí mismo lo que no existe en mí?
Casio.—Por tanto, buen Bruto, preparaos á oir: Y pues conocéis que no podríais miraros de mejor modo que por reflejo, yo, espejo vuestro, os revelaré modestamente aquella parte de vos mismo que no conocéis aún. Ni tengáis recelo de mí, gentil Bruto. Si fuera yo un atolondrado vulgar; ó acostumbrara repetir con manoseados juramentos mi afecto á cada nuevo pretendiente; ó si supiérais que voy en pos de los hombres, los abrazo estrechamente, y luégo los hago blanco del escándalo; ó que de banquete en banquete me prodigo en adhesiones á todos los vencidos, entonces podríais tenerme por peligroso. (Preludios y aclamaciones.)
Bruto.—¿Qué significan estas aclamaciones? Temo que el pueblo elija á César por su rey.
Casio.—¿En verdad teméis eso? Luego debo pensar que no lo deseáis así.