Guardia.—Dicen que unos marineros; yo no los he visto. Horacio, que las recibió del que las trajo, es el que me las ha entregado á mí.
Claudio.—Oirás lo que dicen, Laertes. Déjanos solos.
ESCENA XXIII
CLAUDIO, LAERTES
Claudio. (Lee una carta.)—«Alto y poderoso señor: os hago saber cómo he llegado desnudo á vuestro reino. Mañana os pediré permiso de ver vuestra presencia real; y entonces, mediante vuestro perdón, os diré la causa de mi extraña y repentina vuelta.—Hamlet.»
¿Qué quiere decir esto? ¿Se habrán vuelto los otros también, ó hay alguna equivocación, ó acaso todo es falso?
Claudio (examinando con atención la carta).—Sí, es de Hamlet... Desnudo... y en una enmienda que hay aquí, dice: solo... ¿Qué puede ser esto?
Laertes.—Yo nada alcanzo... Pero dejadle venir, que ya siento encenderse en nuevas iras mi corazón... Sí, yo viviré, y le diré en su cara: tú lo hiciste, y fué de esta manera.
Claudio.—Si el caso es cierto... ¡Eh! ¡Cómo es posible!... ¿Y qué otra cosa puede ser?... ¿Quieres dirigirte por mí, Laertes?
Laertes.—Sí, señor, como no procuréis inclinarme á la paz.