ESCENA XXI
Gabinete del rey
CLAUDIO, LAERTES
Claudio.—Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo, y me darás lugar en el corazón como á tu amigo, después que has oído con pruebas evidentes que el matador de tu noble padre conspiraba contra mi vida.
Laertes.—Claramente se manifiesta... Pero decidme: ¿por qué no procedéis contra excesos tan graves y culpables, cuando vuestra prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente á reprimirlos?
Claudio.—Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás débiles, para mí han sido muy poderosas. Una es que la reina su madre vive pendiente casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea desgracia ó felicidad mía) tan estrechamente unió el amor mi vida y mi alma á la de mi esposa, que así como los astros no se mueven sino dentro de su propia esfera, así en mí no hay movimiento alguno que no dependa de su voluntad. La otra razón por que no puedo proceder contra el agresor públicamente, es el grande cariño que le tiene el pueblo; el cual, como la fuente cuyas aguas mudan los troncos en piedras, bañando en su afecto las faltas del príncipe, convierte en gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal violencia dispararse, que resistan á huracán tan fuerte; y sin tocar el punto á que las dirija, se volverán otra vez al arco.
Laertes.—Sí, y en tanto yo he perdido á un ilustre padre, y hallo á una hermana en la más deplorable situación... Mi hermana, cuyo mérito (si alcanza el elogio á lo que ya no existe) se levantó sobre lo más sublime de su siglo, por las raras prendas que en ella se admiraron juntas... Pero llegará, llegará el tiempo de mi venganza.
Claudio.—Ese cuidado no debe interrumpirte el sueño, ni has de presumir que yo esté formado de materia tan insensible y dura, que me deje remesar la barba y lo tome á fiesta... Presto te informaré de lo demás. Basta decirte que amé á tu padre, que nosotros nos amamos también, y que espero darte á conocer la... Pero... ¿Qué noticias traes?
ESCENA XXII
CLAUDIO, LAERTES, un guardia
Guardia.—Señor, veis aquí las cartas del príncipe: ésta, para V. M., y ésta, para la reina.
(Da unas cartas á Claudio).
Claudio.—¡De Hamlet! ¿Quién las ha traído!