ESCENA XXIV
GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES

Claudio.—¿Qué ocurre de nuevo, amada reina?

Gertrudis.—Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra; tan inmediatas caminan. Laertes, tu hermana acaba de ahogarse.

Laertes.—¡Ahogada!... ¿En dónde?... ¡Cielos!

Gertrudis.—Donde hallaréis un sauce que crece á las orillas de ese arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas pálidas. Allí se encaminó ridículamente coronada de ranúnculos, ortigas, margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas doncellas llaman dedos de muerto. Llegada que fué, se quitó la guirnalda, y queriendo subir á suspenderla de los pendientes ramos, se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal ella y todos sus adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato sobre las aguas, semejante á una sirena, y en tanto iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, ó como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durase por mucho espacio... Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, la arrebataron á la infeliz, interrumpiendo su canto dulcísimo la muerte, llena de angustias.

Laertes.—Qué, ¿en fin se ahogó? ¡Mísero!

Gertrudis.—Sí, se ahogó, se ahogó.

Laertes.—¡Desdichada Ofelia! demasiada agua tienes ya; por eso quisiera reprimir la de mis ojos.... Bien que á pesar de todos nuestros esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por más que el valor se avergüence... Pero luego que este llanto se vierta, nada quedará en mí de femenil ni de cobarde... Adiós, señores... Mis palabras de fuego arderían en llamas, si no las apagasen estas lágrimas imprudentes.

(Vase Laertes).

Claudio.—Sigámosle, Gertrudis, que después de haberme costado tanto aplacar su cólera, temo ahora que esta desgracia no la irrite otra vez. Conviene seguirle.