Horacio.—La costumbre le ha hecho ya familiar esa ocupación.
Hamlet.—Así es la verdad. La mano que menos trabaja tiene más delicado el tacto.
Sepulturero 1.º—La edad callada en la huesa
(Cantando).
me hundió con mano crüel,
y toda se destruyó
la existencia que gocé.
Hamlet.—Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y con ella podría también cantar...¡ Cómo la tira al suelo el pícaro! Como si fuese la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la que está maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza de algún estadista, que acaso pretendió engañar al cielo mismo. ¿No te parece?
Horacio.—Bien puede ser.
Hamlet.—O la de algún cortesano que diría: «Felicísimos días, señor excelentísimo; ¿cómo va de salud, mi venerado señor?» Esta puede ser la del caballero Fulano, que hacía grandes elogios del potro del caballero Zutano para pedírsele prestado después. ¿No puede ser así?
Horacio.—Sí, señor.
Hamlet.—¡Oh! sí por cierto; y ahora está en poder del señor gusano, estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero... Grandes revoluciones se hacen aquí, si hubiera entre nosotros medios para observarlas... Pero ¿costó acaso tan poco la formación de estos huesos á la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente se divierta en sus garitos con ellos? ¡Eh! Los míos se estremecen al considerarlo.