Hamlet.—¿Esta?
Sepulturero 1.º—La misma.
Hamlet.—¡Ay, pobre Yorick...! Yo le conocí, Horacio... Era un hombre sumamente gracioso, de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista me llena de horror, y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron aquellos labios donde yo dí besos sin número... ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aun puedes reirte de tu propia deformidad... Ve al tocador de una de nuestras damas, y dile, para excitar su risa, que por más que se ponga una pulgada de afeite en el rostro, al fin habrá de experimentar esta misma transformación... (Tira la calavera al montón de tierra inmediato á la sepultura). Díme una cosa, Horacio.
Horacio.—¿Cuál es, señor?
Hamlet.—¿Crees tú que Alejandro metido debajo de tierra tendría esa forma?
Horacio.—Cierto que sí.
Hamlet.—¿Y exhalaría este mismo hedor?... ¡Uh!
Horacio.—Sin diferencia alguna.
(El sepulturero primero, acabada la excavación, sale de la sepultura y se pasea hacia el fondo del teatro. Viene después el sepulturero segundo, que trae el aguardiente; beben y hablan entre sí, permaneciendo retirados hasta la escena siguiente, como lo indica el diálogo.)
Hamlet.—¡En qué abatimiento hemos de parar, Horacio!... Y ¿por qué no podría la imaginación seguir las ilustres cenizas de Alejandro hasta encontrarlas tapando la boca de algún barril?