El cura.—No más. Profanaríamos los honores sagrados de los difuntos, cantando un requiem para implorar el descanso de su alma, como se hace por aquéllos que parten de esta vida con más cristiana disposición.
Laertes.—Dadle tierra, pues. (Ponen el cadáver de Ofelia en la sepultura). Sus hermosos é intactos miembros acaso producirán violetas suaves. Y á ti, clérigo zafio, te anuncio que mi hermana será un ángel del Señor, mientras tú estarás bramando en los abismos.
Hamlet.—¡Qué!... ¡La hermosa Ofelia!
Gertrudis.—Dulces dones á mi dulce amiga. (Esparce flores sobre el cadáver). Adiós... Yo deseaba que hubieras sido la esposa de mi Hamlet, graciosa doncella, y esperé cubrir de flores tu lecho nupcial... pero no tu sepulcro.
Laertes.—¡Oh! ¡una y mil veces sea maldito aquél cuya acción inhumana te privó á ti del más sublime entendimiento!... No... esperad un instante; no echéis la tierra todavía... no... hasta que otra vez la estreche en mis brazos... (Métese en la sepultura). Echadla ahora sobre la muerta y el vivo, hasta que de este llano hagáis un monte que descuelle sobre el antiguo Pelión, ó sobre la azul extremidad del Olimpo que toca los cielos.
Hamlet.—¿Quién es el que da á sus penas idioma tan enfático, el que así invoca en su aflicción á las estrellas errantes, haciéndolas detenerse admiradas á oirle?... Yo soy Hamlet, príncipe de Dinamarca.
(Atravesando por en medio de todos, va hacia la sepultura, entra en ella, y luchan él y Laertes, y se dan puñadas. Algunos de los circunstantes van allá, los sacan del hoyo y los separan.)
Laertes.—El demonio lleve tu alma.
Hamlet.—No es justo lo que pides... Quita esos dedos de mi cuello; porque aunque no soy precipitado ni colérico, algún riesgo hay en ofenderme, y si eres prudente debes evitarle... Quita de ahí esa mano.
Claudio.—Separadlos.