Gertrudis.—¡Hamlet! ¡Hamlet!

Todos.—¡Señores!

Horacio.—Moderaos, señor.

Hamlet.—No; por causa tan justa lidiaré con él hasta que cierre mis párpados la muerte.

Gertrudis.—¿Qué causa puede haber, hijo mío?

Hamlet.—Yo he querido á Ofelia, y cuatro mil hermanos juntos no podrán con todo su amor exceder al mío... ¿Qué quieres hacer por ella? Dí.

Claudio.—Laertes, mira que está loco.

Gertrudis.—Por Dios, Laertes, déjale.

Hamlet.—Dime lo que intentas hacer. (Los sepultureros llenan la sepultura de tierra y la apisonan). ¿Quieres llorar, combatir, negarte al sustento, hacerte pedazos, beber todo el Esil, devorar un caimán? Yo lo haré también... ¿Vienes aquí á lamentar su muerte, á insultarme precipitándote en su sepulcro, á ser enterrado vivo con ella? Pues bien, eso quiero yo; y si hablas de montes, descarguen sobre nosotros yugadas de tierra innumerables, hasta que estos campos tuesten su frente en la tórrida zona, y el alto Osa parezca en su comparación un terrón pequeño... Si me hablas con soberbia, yo usaré un lenguaje tan altanero como el tuyo.

Gertrudis.—Todos son efectos de su frenesí, cuya violencia podrá agitarle por algún tiempo; pero después, semejante á la mansa paloma cuando siente animadas las mellizas crías, le veréis sin movimiento y mudo.