Hamlet.—Oyeme: ¿cuál es la razón de obrar así conmigo?... Siempre te he querido bien... Pero... nada importa. Aunque el mismo Hércules con todo su poder quisiera estorbarlo, el gato mayará y el perro quedará vencedor. (Vase Hamlet y Horacio le sigue).
Claudio.—Horacio, ve, no le abandones... Laertes, nuestra plática de la noche anterior fortificará tu paciencia mientras dispongo lo que importa en la ocasión presente... Amada Gertrudis, será bien que alguno se encargue de la guarda de tu hijo... Esta sepultura se adornará con un monumento durable... Espero que gozaremos brevemente horas más tranquilas; pero entre tanto conviene sufrir.
ESCENA IV
Salón de palacio, el mismo que sirvió para la representación, con asientos que han de ocuparse en la escena IX.
HAMLET, HORACIO
Hamlet.—Baste ya lo dicho sobre esta materia. Ahora quisiera informarte de lo demás; pero, ¿te acuerdas bien de todas las circunstancias?
Horacio.—¿No he de acordarme, señor?
Hamlet.—Pues sabrás, amigo, que agitado continuamente mi corazón en una especie de combate, no me permitía conciliar el sueño, y en tal situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado de prisiones. Una temeridad... Bien que debo dar gracias á esta temeridad, pues por ella existo... Sí, confesemos que tal vez nuestra indiscreción suele sernos útil, al paso que los planes concertados con la mayor sagacidad se malogran; prueba certísima de que la mano de Dios conduce á su fin todas nuestras acciones, por más que el hombre las ordene sin inteligencia.
Horacio.—Así es la verdad.
Hamlet.—Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un vestido de marinero; y á tientas, favorecido de la obscuridad, llego hasta donde ellos estaban. Logro mi deseo, me apodero de sus papeles, y me vuelvo á mi cuarto. Allí, olvidando mis recelos toda consideración, tuve la osadía de abrir sus despachos, y en ellos encuentro, amigo, una alevosía del rey. Una orden precisa, apoyada en varias razones de ser importante á la tranquilidad de Dinamarca y aun á la de Inglaterra, y... ¡oh! mil temores y anuncios de mal, si me dejan vivo... En fin, decía que luego que fuese leída, sin dilación ni aun para afinar á la segur el filo, me cortasen la cabeza.