Horacio.—¿Es posible?

Hamlet.—Mira la orden aquí (le enseña un pliego, y vuelve á guardársele), podrás leerla en mejor ocasión. Pero, ¿quieres saber lo que yo hice?

Horacio.—Sí, yo os lo ruego.

Hamlet.—Ya ves cómo rodeado así de traiciones, ya ellos habían empezado el drama aun antes de que yo hubiese comprendido el prólogo. No obstante, siéntome al bufete, imagino una orden distinta, y la escribo inmediatamente de buena letra... Yo creí algún tiempo (como todos los grandes señores) que el escribir bien fuese un desdoro, y aun no dejé de hacer muchos esfuerzos para olvidar esta habilidad; pero ahora conozco, Horacio, cuán útil me ha sido tenerla. ¿Quieres saber lo que el escrito contenía?

Horacio.—Sí, señor.

Hamlet.—Una súplica del rey dirigida con grandes instancias al de Inglaterra, como á su obediente mandatario, diciéndole que su recíproca amistad florecerá como la palma robusta; que la paz coronada de espigas mantendría la quietud de ambos imperios, uniéndolos en amor durable, con otras expresiones no menos afectuosas; pidiéndole por último, que vista que fuese aquella carta, sin otro examen, hiciese perecer con pronta muerte á los dos mensajeros, no dándoles tiempo ni aun para confesar su delito.

Horacio.—¿Y cómo la pudisteis sellar?

Hamlet.—Aun eso también parece que lo dispuso el cielo; porque felizmente traía conmigo el sello de mi padre, por el cual se hizo el que hoy usa el rey. Cierro el pliego en la forma que el anterior, póngole la misma dirección, el mismo sello, le conduzco sin ser visto al mismo paraje, y nadie nota el cambio... Al día siguiente ocurrió el combate naval: lo que después sucedió, ya lo sabes.

Horacio.—De ese modo, Guillermo y Ricardo caminan derechos a la muerte.

Hamlet.—Ya ves que ellos han solicitado este encargo; mi conciencia no me acusa acerca de su castigo... Ellos mismos se han procurado su ruina... Es muy peligroso al inferior meterse entre las puntas de las espadas, cuando dos enemigos poderosos lidian.