Horacio.—¡Oh, qué rey éste!
Hamlet.—¿Juzgas tú que no estoy en obligación de proseguir lo que falta? El que asesinó a mi padre y mi rey, que ha deshonrado á mi madre, que se ha introducido furtivamente entre el solio y mis derechos justos, que ha conspirado contra mi vida valiéndose de medios tan aleves... ¿no será justicia rectísima castigarle con esta mano? ¿No será culpa en mí tolerar que ese monstruo exista para cometer, como hasta aquí, maldades atroces?
Horacio.—Presto le avisarán de Inglaterra cuál ha sido el éxito de su solicitud.
Hamlet.—Sí, presto lo sabrá; pero entre tanto el tiempo es mío, y para quitar á un hombre la vida un instante basta... Sólo me disgusta, amigo Horacio, el lance ocurrido con Laertes, en que olvidado de mí propio, no vi en mi sentimiento la imagen y semejanza del suyo. Procuraré su amistad, sí... Pero, ciertamente, aquel tono amenazador que daba á sus quejas irritó en exceso mi cólera.
Horacio.—Callad... ¿Quién viene aquí?
ESCENA V
HAMLET, HORACIO, ENRIQUE
Enrique.—En hora feliz haya regresado V. A. á Dinamarca.
Hamlet.—Muchas gracias, caballero... ¿Conoces á este moscón?
Horacio.—No, señor.
Hamlet.—Nada se te dé, que el conocerle es por cierto, poco agradable. Este es señor de muchas tierras y muy fértiles, y por más que él sea un bestia que manda en otros tan bestias como él, ya se sabe, tiene su pesebre fijo en la mesa del rey... Es la corneja más charlera que en mi vida he visto; pero, como te he dicho ya, posee una gran porción de polvo.