Enrique.—Decía, que no podéis ignorar el mérito de Laertes.
Hamlet.—Yo no me atreveré á confesarlo por no igualarme con él, siendo averiguado que para conocer bien á otro es menester conocerse bien á sí mismo.
Enrique.—Yo lo decía por su destreza en el arma, puesto que según la voz general, no se le conoce compañero.
Hamlet.—¿Y qué arma es la suya?
Enrique.—Espada y daga.
Hamlet.—Esas son dos armas... Vaya, adelante.
Enrique.—Pues, señor, el rey ha apostado contra él seis caballos bárbaros, y él ha impuesto por su parte (según he sabido) seis espadas francesas con sus dagas y guarniciones correspondientes, como cinturón, colgantes, y así á este tenor... Tres de estas cureñas particularmente son la cosa más bien hecha que puede darse. ¡Cureñas como ellas!... ¡Oh! es obra de mucho gusto y primor.
Hamlet.—Y ¿á qué cosa llamáis cureñas?
Horacio.—Ya recelaba yo que sin el socorro de notas marginales no pudierais acabar el diálogo.
Enrique.—Señor, por cureñas entiendo yo, así, los... los cinturones...