(Muere).

Horacio.—¡En fin, se rompe ese gran corazón!... Adiós, adiós, amado príncipe. (Le besa las manos, y hace ademanes de dolor). ¡Los coros angélicos te acompañen al celeste descanso!... Pero, ¿cómo se acerca hasta aquí ese estruendo de tambores?

ESCENA XI

FORTIMBRAS, dos embajadores, HORACIO, ENRIQUE, soldados, acompañamiento

Fortimbrás.—¿En dónde está ese espectáculo?

Horacio.—¿Qué buscáis aquí? Si no queréis ver desgracias espantosas, no paséis adelante.

Fortimbrás.—¡Oh! Este destrozo pide sangrienta venganza... Soberbia muerte, ¿qué festín dispones en tu morada infernal, que así has herido con un golpe solo tantas ilustres víctimas?

Embajador 1.º.—¡Horroriza el verlo!... Tarde hemos llegado con los mensajes de Inglaterra. Los oídos á quienes debíamos dirigirlos son ya insensibles. Sus órdenes fueron puntualmente ejecutadas. Ricardo y Guillermo perdieron la vida... Pero, ¿quién nos dará las gracias de nuestra obediencia?

Horacio.—No las recibiríais de su boca aunque viviese todavía, que él nunca dió orden para tales muertes. Pero puesto que vos, viniendo victorioso de la guerra contra Polonia, y vosotros, enviados de Inglaterra, os halláis juntos en este lugar, y os veo deseosos de averiguar este suceso trágico, disponed que esos cadáveres se expongan sobre una tumba elevada á la vista pública, y entonces haré saber al mundo, que lo ignora, el motivo de estas desgracias. Me oiréis hablar (pues todo os lo sabré referir fielmente) de acciones crueles, bárbaras, atroces: sentencias que dictó el acaso, estragos imprevistos, muertes ejecutadas con violencia y aleve astucia, y al fin proyectos malogrados que han hecho perecer á sus autores mismos.

Fortimbrás.—Deseo con impaciencia oiros, y convendrá que se reuna con este objeto la nobleza de la nación. No puedo mirar sin horror los dones que me ofrece la fortuna; pero tengo derechos muy antiguos á esta corona, y en tal ocasión es justo reclamarlos.