Hamlet.—Quiero ir esta noche con vosotros al puesto, por si acaso vuelve.
Horacio.—¡Oh! sí volverá, yo os lo aseguro.
Hamlet.—Si él se me presenta en la figura de mi noble padre, yo le hablaré, aunque el infierno mismo abriendo sus entrañas, me impusiera silencio. Yo os pido á todos, que así como hasta ahora habéis callado a los demás lo que visteis, de hoy en adelante lo ocultéis con el mayor sigilo; y sea cual fuere el suceso de esta noche, fiadlo al pensamiento, pero no a la lengua; yo sabré remunerar vuestro celo. Dios os guarde, amigos. Entre once y doce iré á buscaros á la muralla.
Todos.—Nuestra obligación es serviros.
Hamlet.—Sí, conservadme vuestro amor, y estad seguros del mío. Adiós. (Vanse los tres.) El espíritu de mi padre... con armas... no es esto bueno. Recelo alguna maldad. ¡Oh, si la noche hubiese ya llegado! Esperémosla tranquilamente, alma mía. Las malas acciones, aunque toda la tierra las oculte, se descubren al fin á la vista humana.
ESCENA VII
Sala de casa de Polonio
LAERTES, OFELIA
Laertes.—Ya tengo todo mi equipaje á bordo. Adiós, hermana, y cuando los vientos sean favorables y seguro el paso del mar, no te descuides en darme nuevas de ti.
Ofelia.—¿Puedes dudarlo?
Laertes.—Por lo que hace al frívolo obsequio de Hamlet, debes considerarle como una mera cortesanía, un hervor de la sangre, una violeta que en la primavera juvenil de la naturaleza se adelanta á vivir, y no permanece; hermosa, no durable; perfume de un momento, y nada más.
Ofelia.—¿Nada más?