Polonio.—Sí, por cierto; apariencia puedes llamarla. ¿Y bien? Prosigue.

Ofelia.—Y autorizó cuanto me decía con los más sagrados juramentos.

Polonio.—Sí, ésas son redes para coger codornices. Yo sé muy bien, cuando la sangre hierve, con cuánta prodigalidad presta el alma juramentos á la lengua; pero son relámpagos, hija mía, que dan más luz que calor: éstos y aquéllos se apagan pronto, y no debes tomarlos por fuego verdadero, ni aun en el instante mismo en que parece que sus promesas van á efectuarse. De hoy en adelante cuida de ser más avara de tu presencia virginal; pon tu conversación á precio más alto, y no á la primera insinuación admitas coloquios. Por lo que toca al príncipe, debes creer de él solamente que es un joven, y que si una vez afloja las riendas, pasará más allá de lo que tú le puedes permitir. En suma, Ofelia, no creas sus palabras, que son fementidas, ni es verdadero el color que aparenta; son intercesoras de profanos deseos; y si parecen sagrados y piadosos votos, es sólo para engañar mejor. Por último, te digo claramente, que de hoy más no quiero que pierdas los momentos ociosos en hablar ni mantener conversación con el príncipe. Cuidado con hacerlo así; yo te lo mando. Vete á tu aposento.

Ofelia.—Así lo haré, señor.

ESCENA X
Explanada delante del palacio. Noche obscura
HAMLET, HORACIO, MARCELO

Hamlet.—El aire es frío y sutil en demasía.

Horacio.—En efecto, es agudo y penetrante.

Hamlet.—¿Qué hora es ya?

Horacio.—Me parece que aun no son las doce.

Marcelo.—No, ya han dado.