Marcelo.—Ved con qué expresivo ademán os indica que le acompañéis á lugar más remoto; pero no hay que ir con él.
Horacio.—No, por ningún motivo.
Hamlet.—Si no quiere hablar, habré de seguirle.
Horacio.—No hagáis tal, señor.
Hamlet.—¿Y por qué no? ¿Qué temores debo tener? Yo no estimo la vida en nada, y á mi alma ¿qué puede él hacerle, siendo como él mismo cosa inmortal?... Otra vez me llama... Voile a seguir.
Horacio.—Pero, señor, si os arrebata al mar o á la espantosa cima de ese monte, levantado sobre los peñascos que baten las ondas, y allí tomase alguna otra forma horrible, capaz de impediros el uso de razón, y enajenarla con frenesí... ¡Ay! ved lo que hacéis. El lugar solo inspira ideas melancólicas á cualquiera que mire la enorme distancia desde aquella cumbre al mar, y sienta en la profundidad su bramido ronco.
Hamlet.—Todavía me llama... Camina. Ya te sigo.
(La sombra hará los movimientos que indica el diálogo. Horacio y Marcelo quieren detener á Hamlet, y él los aparta con violencia, y la sigue.)
Marcelo.—No, señor, no iréis.