La sombra.—Juradlo por su espada.
Hamlet.—Bien has dicho, topo viejo, bien has dicho... Pero ¿cómo puedes taladrar con tal prontitud los senos de la tierra, diestro minador? Mudemos otra vez de puesto, amigos.
Horacio.—¡Oh! Dios de la luz y de las tinieblas, ¡qué extraño prodigio es este!
Hamlet.—Por eso como á un extraño debéis hospedarle y tenerle oculto. Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo que puede soñar tu filosofía. Pero venid acá, y, como antes dije, prometedme (así el cielo os haga felices) que por más singular y extraordinaria que sea de hoy más mi conducta (puesto que acaso juzgaré á propósito afectar un proceder del todo extravagante), nunca vosotros al verme así daréis nada á entender, cruzando los brazos de esta manera, ó haciendo con la cabeza este movimiento, ó con frases equívocas como: sí, sí, nosotros sabemos; nosotros pudiéramos si quisiéramos... si gustáramos de hablar; hay tanto que decir en eso; pudiera ser que... ó en fin, cualquiera otra expresión ambigua, semejante á estas, por donde se infiera que vosotros sabéis algo de mí. Juradlo: así en vuestras necesidades os asista el favor de Dios. Juradlo.
La sombra.—Jurad.
Hamlet.—Descansa, descansa, agitado espíritu. Señores, yo me recomiendo a vosotros con la mayor instancia, y creed que por más infeliz que Hamlet se halle, Dios querrá que no le falten medios para manifestaros la estimación y amistad que os profesa. Vámonos. Poned el dedo en la boca, yo os lo ruego... La naturaleza está en desorden... ¡Iniquidad execrable! ¡Oh! ¡nunca yo hubiera nacido para castigarla! Venid, vámonos juntos.
ACTO II
ESCENA PRIMERA
Sala en casa de Polonio
POLONIO, REINALDO
Polonio.—Reinaldo, entrégale este dinero y estas cartas.
(Le da un bolsillo y unas cartas.)