Polonio.—¡Oh! sí, ¿no es verdad? Y os puedo asegurar, venerado señor, que mis acciones y mi corazón no tienen otro objeto que el servicio de Dios y el de mi rey; y si ese talento mío no ha perdido enteramente aquel seguro olfato con que supo siempre rastrear asuntos políticos, pienso haber descubierto ya la verdadera causa de la locura del príncipe.
Claudio.—Pues dínosla, que estoy impaciente de saberla.
Polonio.—Será bien que deis primero audiencia á los embajadores: mi informe servirá de postres a este gran festín.
Claudio.—Tú mismo puedes ir á cumplimentarlos é introducirlos. (Vase Polonio.) Dice que ha descubierto, amada Gertrudis, la causa verdadera de la indisposición de tu hijo.
Gertrudis.—¡Ah! yo dudo que él tenga otra mayor que la muerte de su padre y nuestro acelerado casamiento.
Claudio.—Yo sabré examinarle.
ESCENA V
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, VOLTIMAN, CORNELIO, acompañamiento
Claudio.—Bien venidos, amigos. Dí, Voltiman, ¿qué respondió nuestro hermano el rey de Noruega?
Voltiman.—Corresponde con la más sincera amistad á vuestras atenciones y á vuestro ruego. Así que llegamos mandó suspender los armamentos que hacía su sobrino, fingiendo ser preparativos contra el polaco; pero mejor informado después halló ser cierto que se dirigían en ofensa vuestra. Indignado de que abusaran así de la impotencia á que le han reducido su edad y sus males, envió estrechas órdenes á Fortimbrás, que sometiéndose prontamente á las reprensiones del tío, le ha jurado por último que nunca más tomará las armas contra V. M. Satisfecho de este procedimiento el anciano rey, le señala sesenta mil escudos anuales, y le permite emplear contra Polonia las tropas que había levantado. A este fin os ruega concedáis paso libre por vuestros estados al ejército prevenido para tal empresa, bajo las condiciones de recíproca seguridad, expresadas aquí.