Claudio.—Está bien: leeré en tiempo más oportuno sus proposiciones, y reflexionaré lo que debo en este caso responderle. Entre tanto os doy gracias por el feliz desempeño de vuestro encargo. Descansad. A la noche seréis conmigo en el festín. Tendré gusto de veros.
ESCENA VI
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO
Polonio.—Este asunto se ha concluído muy bien. (Claudio hace una seña, y se retira el acompañamiento). Mi soberano, y vos, señora: explicar lo que es la dignidad de un monarca, las obligaciones del vasallo, por qué el día es día, noche la noche, y tiempo el tiempo. Así pues, como quiera que la brevedad es el alma del talento, y que nada hay más enfadoso que los rodeos y perífrasis... seré muy breve. Vuestro noble hijo está loco; y le llamo loco, porque, si en rigor se examina, ¿qué otra cosa es la locura sino estar uno enteramente loco? Pero dejando esto aparte...
Gertrudis.—Al caso, Polonio, al caso, y menos artificios.
Polonio.—Yo os prometo, señora, que no me valgo de artificio alguno; ¡es cierto que él está loco! es cierto que es lástima, y es lástima que sea cierto; pero dejemos á un lado pueril antítesis, que no quiero usar de artificios. Convengamos pues en que está loco, y ahora falta descubrir la causa de este efecto, ó por decir, la causa de este defecto; porque este efecto defectuoso nace de una causa, y así resta considerar lo restante. Yo tengo una hija... la tengo mientras es mía: que en prueba de su respeto y sumisión... notad lo que os digo... me ha entregado esta carta. (Saca una carta y lee en ella los pedazos que indica el diálogo.) Ahora resumid los hechos y sacaréis la consecuencia. «Al ídolo celestial de mi alma, á la sin par Ofelia»... Es una alta frase... una falta de frase sin par... Es una falta de frase, pero oíd lo demás. Estas letras destinadas á que tu blanco y hermoso pecho las guarde: estas...
Gertrudis.—¿Y esa carta se la ha enviado Hamlet?
Polonio.—¡Bueno por cierto! Esperad un poco, seré muy fiel.
Duda que son de fuego las estrellas,
duda si al sol el movimiento falta,
duda lo cierto, admite lo dudoso;
pero no dudes de mi amor las ansias.
Estos versos aumentan mi dolor, querida Ofelia; ni sé tampoco expresar mis penas con arte; pero cree que te amo en extremo, con el mayor extremo posible. Adiós. Tuyo siempre, mi adorada niña, mientras esta máquina exista.—Hamlet.
Mi hija, en fuerza de su obediencia, me ha hecho ver esta carta, y además me ha contado las solicitudes del príncipe, según han ocurrido, con todas las circunstancias del tiempo, el lugar y el modo.