Hamlet.—Y yo os voy á decir el motivo: así me anticiparé á vuestra propia confesión, sin que la fidelidad que debéis al rey y la reina quede por vosotros ofendida. Yo he perdido de poco tiempo á esta parte, sin saber la causa, toda mi alegría, olvidando mis ordinarias ocupaciones; y este accidente ha sido tan funesto á mi salud, que la tierra, esa divina máquina, me parece un promontorio estéril; ese dosel magnífico de los cielos, ese hermoso firmamento que veis sobre nosotros, esa techumbre majestuosa sembrada de doradas luces, no otra cosa me parece que una desagradable y pestífera multitud de vapores. ¡Qué admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos! ¡Qué semejante á un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios! El es, sin duda lo más hermoso de la tierra, el más perfecto de todos los animales. Pues no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me deleita... ni menos la mujer... bien que ya veo en vuestra sonrisa que aprobáis mi opinión.

Ricardo.—En verdad, señor, que no habéis acertado mis ideas.

Hamlet.—Pues ¿por qué te reías cuando dije que no me deleita el hombre?

Ricardo.—Me reí al considerar, puesto que los hombres no os deleitan, qué comidas de cuaresma daréis á los cómicos que hemos hallado en el camino, y están ahí deseando emplearse en servicio vuestro.

Hamlet.—El que hace de rey sea muy bien venido; S. M. recibirá mis obsequios como es de razón: el arrojado caballero sacará á lucir su espada y su broquel, el enamorado no suspirará en balde, el que hace de loco acabará su papel en paz, el patán dará aquellas risotadas con que sacude los pulmones áridos, y la dama expresará libremente su pasión, ó las interrupciones del verso hablarán por ella. ¿Y qué cómicos son?

Ricardo.—Los que más os agradan regularmente. La compañía trágica de nuestra ciudad.

Hamlet.—¿Y por qué andan vagando así? ¿No les sería mejor para su reputación y sus intereses establecerse en alguna parte?

Ricardo.—Creo que los últimos reglamentos se lo prohiben.

Hamlet.—¿Son hoy tan bien recibidos como cuando yo estuve en la ciudad? ¿Acude siempre el mismo concurso?

Ricardo.—No; señor; no, por cierto.