Hamlet.—¿Y en qué consiste? ¿Se han echado á perder?

Ricardo.—No, señor. Ellos han procurado seguir siempre su acostumbrado método; pero hay aquí una cría de chiquillos, vencejos chillones, que gritando en la declamación fuera de propósito, son por esto mismo palmoteados hasta el exceso. Esta es la diversión del día; y tanto han denigrado los espectáculos ordinarios (como ellos los llaman), que muchos caballeros de espada en cinta, atemorizados de las plumas de ganso de este teatro, rara vez se atreven á poner el pie en los otros.

Hamlet.—¡Oiga! ¿Conque son muchachos? ¿Y quién los sostiene? ¿Qué sueldo les dan? ¿Abandonarán el ejercicio cuando pierdan la voz para cantar? Y cuando tengan que hacerse cómicos ordinarios, como parece verosímil que suceda, si carecen de otros medios, ¿no dirán entonces que sus compositores los han perjudicado, haciéndolos declamar contra la profesión misma que han tenido que abrazar después?

Ricardo.—Lo cierto es que han ocurrido ya muchos disgustos por ambas partes, y la nación ve sin escrúpulo continuarse la discordia entre ellos. Ha habido tiempo en que el dinero de las piezas no se cobraba hasta que el poeta y el cómico reñían y se hartaban de bofetones.

Hamlet.—¿Es posible?

Guillermo.—¡Oh, si lo es! Como que ha habido ya muchas cabezas rotas.

Hamlet.—Y qué, ¿los chicos han vencido en esas peleas?

Ricardo.—Cierto que sí, y se hubieran burlado del mismo Hércules con maza y todo.

Hamlet.—No es extraño. Ya veis mi tío, rey de Dinamarca. Los que se mofaban de él mientras vivió mi padre, ahora dan veinte, cuarenta y aun cien ducados por su retrato de miniatura. En esto hay algo que es más que natural, si la filosofía pudiera describirlo.

Guillermo.—Ya están ahí los cómicos.