Bernardo.—Bien venido, Horacio; Marcelo, bien venido.
Marcelo.—Y qué, ¿se ha vuelto á aparecer aquella cosa esta noche?
Bernardo.—Yo nada he visto.
Marcelo.—Horacio dice que es aprensión nuestra, y nada quiere creer de cuanto le he dicho acerca de ese espantoso fantasma que hemos visto ya en dos ocasiones. Por eso le he rogado que se venga á la guardia con nosotros, para que si esta noche vuelve el aparecido, pueda dar crédito á nuestros ojos, y le hable si quiere.
Horacio.—¡Qué! No, no vendrá.
Bernardo.—Sentémonos un rato, y deja que asaltemos de nuevo tus oídos con el suceso que tanto repugnan oir, y que en dos noches seguidas hemos ya presenciado nosotros.
Horacio.—Muy bien: sentémonos, y oigamos lo que Bernardo nos cuente. (Siéntanse los tres).
Bernardo.—La noche pasada, cuando esa misma estrella que está al occidente del polo había hecho ya su carrera para iluminar aquel espacio del cielo donde ahora resplandece, Marcelo y yo, á tiempo que el reloj daba la una...
Marcelo.—Chit. Calla; mírale por dónde viene otra vez.
(Se aparece á un extremo del teatro la sombra del rey Hamlet armado de todas armas, con un manto real, yelmo en la cabeza, y la visera alzada. Los soldados y Horacio se levantan despavoridos).