Guillermo.—Al momento dispondremos nuestra marcha. El más santo y religioso temor es aquél que procura la existencia de tantos individuos, cuya vida pende de V. M.
Ricardo.—Si es obligación en un particular defender su vida de toda ofensa, por medio de la fuerza y el arte, ¿cuánto más lo será conservar aquélla en quien estriba la felicidad pública? Cuando llega á faltar el monarca, no muere él solo, sino que á manera de un torrente precipitado arrebata consigo cuanto le rodea, como una gran rueda colocada en la cima del más alto monte, á cuyos enormes rayos están asidas innumerables piezas menores, que si llega á caer, no hay ninguna de ellas, por más pequeña que sea, que no padezca igualmente en el total destrozo. Nunca el soberano exhala un suspiro, sin excitar en su nación general lamento.
Claudio.—Yo os ruego que os prevengáis sin dilación para el viaje. Quiero encadenar este temor, que ahora camina demasiado libre.
Los dos.—Vamos á obedeceros con la mayor prontitud.
ESCENA XXI
CLAUDIO, POLONIO
Polonio.—Señor, ya se ha encaminado al cuarto de su madre. Voy á ocultarme detrás de los tapices para ver el suceso. Es seguro que ella le reprenderá fuertemente; y como vos mismo habéis observado muy bien, conviene que asista á oir la conversación alguien más que su madre, que naturalmente le ha de ser parcial, como á todas sucede. Quedaos adiós; yo volveré á veros antes que os recojáis, para deciros lo que haya pasado.
Claudio.—Gracias, querido Polonio.
ESCENA XXII
CLAUDIO
¡Oh, mi culpa es atroz! Su hedor sube al cielo, llevando consigo la maldición más terrible; la muerte de un hermano. No puedo recogerme á orar, por más que eficazmente lo procuro; que es más fuerte que mi voluntad el delito que la destruye. Como el hombre á quien dos obligaciones llaman, me detengo á considerar por cuál empezaré primero, y no cumplo ninguna... Pero si este brazo execrable estuviese aún más teñido en la sangre fraterna, ¿faltará en los cielos piadosos suficiente lluvia para volverle cándido como la nieve misma? ¿De qué sirve la misericordia, si se niega a ver el rostro del pecado? ¿Qué hay en la oración sino aquella duplicada fuerza, capaz de sostenernos al ir á caer, ó de adquirirnos el perdón habiendo caído? Sí, alzaré mis ojos al cielo, y quedará borrada mi culpa... Pero ¿qué género de oración habré de usar? Olvida, Señor, olvida el horrible homicidio que cometí... ¡Ah! que será imposible, mientras vivo poseyendo los objetos que me determinaron á la maldad: mi ambición, mi corona, mi esposa... ¿Podrá merecerse el perdón cuando la ofensa existe? En este mundo estragado sucede con frecuencia que la mano delincuente, derramando el oro, aleja la justicia y corrompe con dádivas la integridad de las leyes; no así en el cielo, que allí no hay engaños, allí comparecen las acciones humanas como ellas son, y nos vemos compelidos á manifestar nuestras faltas todas sin excusa, sin rebozo alguno... En fin, ¿qué debo hacer?... Probemos lo que puede el arrepentimiento... ¿y qué no podrá?... Pero ¿qué ha de poder con quien no puede arrepentirse? ¡Oh situación infeliz! ¡Oh conciencia, ennegrecida con sombras de muerte! ¡Oh alma mía aprisionada! que cuanto más te esfuerzas para ser libre, más quedas oprimida. ¡Angeles, asistidme! Probad en mí vuestro poder. Dóblense mis rodillas tenaces; y tú, corazón mío de aceradas fibras, hazte blando como los nervios del niño que acaba de nacer. Todo, todo puede enmendarse.
(Se arrodilla y apoya los brazos y la cabeza en un sillón).