Hamlet.—¿Sí? Pues apartad de vos aquella porción más dañada, y vivid con la que resta más inocente. Buenas noches... Pero no volváis al lecho de mi tío. Si carecéis de virtud, aparentadla al menos. La costumbre, aquel monstruo que destruye las inclinaciones y afectos del alma, si en lo demás es un demonio, tal vez es un ángel cuando sabe dar á las buenas acciones una cierta facilidad con que insensiblemente las hace parecer innatas. Conteneos por esta noche; este esfuerzo os hará más fácil la abstinencia próxima, y la que siga después la hallaréis más fácil todavía. La costumbre es capaz de borrar la impresión misma de la naturaleza, reprimir las malas inclinaciones y alejarlas de nosotros con maravilloso poder. Buenas noches; y cuando aspiréis de veras á la bendición del cielo, entonces yo os pediré vuestra bendición... La desgracia de este hombre (hace ademán de cargar con el cuerpo de Polonio; pero dejándole en el suelo otra vez vuelve á hablar á Gertrudis) me aflige en extremo; pero Dios lo ha querido así: á él le ha castigado por mi mano, y á mí también precisándome á ser el instrumento de su enojo. Yo le conduciré adonde convenga, y sabré justificar la muerte que le dí. Basta. Buenas noches. Porque soy piadoso, debo ser cruel; ve aquí el primer daño cometido; pero aun es mayor el que después ha de ejecutarse... ¡Ah! escuchad otra cosa.

Gertrudis.—¿Cuál es? ¿Qué debo hacer?

Hamlet.—No hacer nada de cuanto os he dicho, nada. Permitid que el rey hinchado con el vino, os conduzca otra vez al lecho, y allí os acaricie, apretando lascivo vuestras mejillas, y os tiente el pecho con sus malditas manos, y os bese con negra boca. Agradecida, entonces, declaradle cuanto hay en el caso: decidle que mi locura no es verdadera, que todo es artificio... Sí, decídselo; porque ¿cómo sería posible callárselo? Id, y á pesar de la razón y del sigilo, abrid la jaula sobre el techo de la casa y haced que los pájaros se vuelen; y semejante al mono (tan amigo de hacer experiencias), meted la cabeza en la trampa, á riesgo de perecer en ella misma.

Gertrudis.—No, no lo temas; que si las palabras se forman del aliento, y éste anuncia vida, no hay vida ni aliento en mí para repetir lo que me has dicho.

Hamlet.—¿Sabéis que debo ir á Inglaterra?

Gertrudis.—¡Ah! ya lo había olvidado. Sí, es cosa resuelta.

Hamlet.—He sabido que hay ciertas cartas selladas, y que mis dos condiscípulos (de quienes yo me fiaré como de una víbora ponzoñosa) van encargados de llevar el mensaje, facilitarme la marcha y conducirme al precipicio. Pero yo los dejaré hacer; que es mucho gusto ver volar al minador con su propio hornillo, y mal irán las cosas o yo excavaré una vara no más, debajo de sus minas, y los haré saltar hasta la luna. ¡Oh, es mucho gusto cuando un pícaro tropieza con quien se las entiende!..... Este hombre me hace ahora su ganapán... (Quiere llevar á cuestas el cadáver, y no pudiendo hacerlo cómodamente, le ase de un pie, y se le lleva arrastrando) le llevaré arrastrando á la pieza inmediata. Madre, buenas noches... Por cierto que el señor consejero (que fué en vida un hablador impertinente) es ahora bien reposado, bien serio y taciturno. Vamos, amigo, que es menester sacaros de aquí y acabar con ello. Buenas noches, madre.

ACTO IV

ESCENA PRIMERA
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO

Claudio.—Esos suspiros, esos profundos sollozos alguna causa tienen; dime cuál es, conviene que la sepa yo... ¿En dónde está tu hijo?