Gertrudis.—¿A quién dices eso?
Hamlet.—¿No veis nada allí?
Gertrudis.—Nada, y veo todo lo que hay.
Hamlet.—¿Ni oísteis nada tampoco?
Gertrudis.—Nada más que lo que nosotros hablamos.
Hamlet.—Mirad, allí... ¿Le veis?... Ahora se va... Mi padre... con el traje mismo que se vestía... ¿Veis por dónde va?... Ahora llega al pórtico.
ESCENA XXVIII
GERTRUDIS, HAMLET
Gertrudis.—Todo es efecto de la fantasía. El desorden que padece tu espíritu produce esas ilusiones vanas.
Hamlet.—¿Desorden? Mi pulso, como el vuestro late con regular intervalo, y anuncia igual salud en sus compases... Nada de lo que he dicho es locura. Haced la prueba, y veréis si os repito cuantas ideas y palabras acabo de proferir, y un loco no puede hacerlo. ¡Ah, madre mía! en merced os pido que no apliquéis al alma esa unción halagüeña, creyendo que es mi locura la que habla, y no vuestro delito. Con tal medicina lograréis sólo irritar la parte ulcerada, aumentando la ponzoña pestífera que interiormente la corrompe... Confesad al cielo vuestra culpa, llorad lo pasado, precaved lo futuro, y no extendáis el beneficio sobre las malas hierbas para que prosperen lozanas. Perdonad este desahogo á mi virtud, ya que en esta delincuente edad la virtud misma tiene que pedir perdón al vicio, y aun para hacerle bien le halaga y le ruega.
Gertrudis.—¡Ay, Hamlet! tú despedazas mi corazón.