Gertrudis.—No más...
ESCENA XXVII
GERTRUDIS, HAMLET, la sombra del rey Hamlet
Hamlet.—Un rey de botarga... ¡Oh espíritus celestes! defendedme, cubridme con vuestras alas... ¿Qué quieres, venerada sombra?
Gertrudis.—¡Ay! que está fuera de sí.
Hamlet.—¿Vienes acaso á culpar la negligencia de tu hijo, que debilitado por la compasión y la tardanza, olvida la importante ejecución de tu precepto terrible?... Habla.
La sombra.—No lo olvides. Vengo á inflamar de nuevo tu ardor casi extinguido. Pero ¿ves? Mira cómo has llenado de asombro á tu madre. Ponte entre ella y su alma agitada, y hallarás que la imaginación obra con mayor violencia en los cuerpos más débiles. Háblala, Hamlet.
Hamlet.—¿En qué pensáis, señora?
Gertrudis.—¡Ay! ¿y en qué piensas tú, que así diriges la vista donde no hay nada, razonando con el aire incorpóreo?... Toda tu alma se ha pasado á tus ojos, que se mueven horribles; y tus cabellos, que pendían, adquiriendo vida y movimiento, se erizan y levantan como los soldados á quienes improviso rebato despierta. ¡Hijo de mi alma! ¡Oh! derrama sobre el ardiente fuego de tu agitación la paciencia fría... ¿A quién estás mirando?
Hamlet.—A él, á él... ¿Le veis qué pálida luz despide? Su aspecto y su dolor bastarían á conmover las piedras... ¡Ay! no me mires así; no sea que ese lastimoso semblante destruya mis designios crueles, no sea que al ejecutarlos equivoque los medios, y en vez de sangre se derramen lágrimas.