Gertrudis.—¿Matar á un rey?
Hamlet.—Sí, señora, eso he dicho. (Alza el tapiz, y aparece Polonio muerto en el suelo). Y tú, miserable, temerario, entrometido, loco... Adiós. Yo te tomé por otra persona de más consideración. Mira el premio que has adquirido; ve ahí el riesgo que tiene la demasiada curiosidad... (Volviendo á hablar con Gertrudis, á quien hace sentar de nuevo). No, no os torzáis las manos... Sentaos aquí, y dejad que yo os tuerza el corazón. Así he de hacerlo, si no le tenéis formado de impenetrable pasta, si las costumbres malditas no le han convertido en un muro de bronce opuesto á toda sensibilidad.
Gertrudis.—¿Qué hice yo, Hamlet, para que con tal aspereza me insultes?
Hamlet.—Una acción que mancha la tez purpúrea de la modestia, y da nombre de hipocresía á la virtud; arrebata las flores de la frente hermosa de un inocente amor, colocando un vejigatorio en ella; que hace más pérfidos los votos conyugales que las promesas del tahur; una acción que destruye la buena fe, alma de los contratos, y convierte la inefable religión en una complicación frívola de palabras; una acción, en fin, capaz de inflamar en ira la faz del cielo, y trastornar con desorden horrible esta sólida y artificiosa máquina del mundo, como si se aproximara su fin temido.
Gertrudis.—¡Ay de mí! ¿Y qué acción es esa, que así exclamas al anunciarla con espantosa voz de trueno?
Hamlet.—Veis aquí presentes en esta y esta pintura (señalando á dos retratos que habrá en la pared, uno del rey Hamlet, y otro de Claudio) los retratos de dos hermanos. ¡Ved cuánta gracia residía en aquel semblante! Los cabellos del sol, la frente como la del mismo Júpiter, su vista imperiosa y amenazadora como la de Marte, su gentileza semejante á la del mensajero Mercurio cuando aparece sobre una montaña cuya cima llega á los cielos. ¡Hermosa combinación de formas, donde cada uno de los dioses imprimió su carácter, para que el mundo admirase tantas perfecciones en un hombre solo. Este fué vuestro esposo. Ved ahora el que sigue. Este es vuestro esposo, que como la espiga con tizón destruye la santidad de su hermano. ¿Lo veis bien?... Ni podéis llamarlo amor, porque en vuestra edad los hervores de la sangre están ya tibios y obedientes á la prudencia; ¿y qué prudencia descendería desde aquél a éste? Sentidos tenéis, que a no ser así, no tuvierais afectos; pero esos sentidos deben de padecer letargo profundo. La demencia misma no podría incurrir en tanto error; ni el frenesí tiraniza con tal exceso las sensaciones, que no quede suficiente juicio para saber elegir entre dos objetos cuya diferencia es tan visible... ¿Qué espíritu infernal os pudo engañar y cegar así? Los ojos sin el tacto, el tacto sin la vista, los oídos, el olfato solo, una débil porción de cualquier sentido hubiera bastado á impedir tal estupidez... ¡Oh modestia! ¿y no te sonrojas? ¡Rebelde infierno! si así pudiste inflamar las médulas de una matrona, permite, permite que la virtud en la edad juvenil sea dócil como la cera, y se liquide en sus propios fuegos; ni se invoque al pudor para resistir su violencia, puesto que el hielo mismo con tal actividad se enciende, y es ya el entendimiento el que prostituye el corazón.
Gertrudis.—¡Oh Hamlet! no digas más... Tus razones me hacen dirigir la vista á mi conciencia, y advierto allí las más negras y groseras manchas, que acaso nunca podrán borrarse.
Hamlet.—¡Y permanecer así entre el pestilente sudor en un lecho incestuoso, envilecida en corrupción, prodigando caricias de amor en aquella sentina impura!
Gertrudis.—No más, no más, que esas palabras como agudos puñales hieren mis oídos... No más, querido Hamlet.
Hamlet.—Un asesino... un malvado... vil... inferior mil veces á vuestro difunto esposo... escarnio de los reyes, ratero del imperio y el mando, que robó la preciosa corona, y se la guardó en el bolsillo.